Atravesando una pérdida a través de la comprensión
— Helena Jose

Cuando atravesamos una pérdida, solemos pensar que sanar significa dejar de sentir.

Pero la realidad es mucho más compleja.

Muchas veces el primer refugio después del dolor es la rabia.

Nos enojamos con la otra persona.
Con la situación.
Con la vida.
Incluso con nosotras mismas.

Y aunque suele verse como una emoción negativa, la rabia cumple una función importante: nos protege.

Nos da distancia de aquello que nos hirió cuando todavía no estamos listas para mirar el dolor de frente.

Pero no podemos quedarnos ahí para siempre.

Porque la rabia mantiene viva la herida.

Después llega la tristeza.

La tristeza reconoce la pérdida.

Reconoce que algo terminó.
Que algo cambió.
Que una versión de nuestra vida ya no existe.

Y aunque es incómoda, la tristeza nos permite empezar a procesar lo ocurrido.

Sin embargo, existe una etapa de la que se habla mucho menos.

La comprensión.

La comprensión no significa justificar.

No significa aprobar lo que pasó.

No significa negar el daño.

Significa dejar de pelear con la realidad.

Entender que las personas actúan desde el nivel de conciencia, las herramientas y las heridas que tienen en ese momento.

Entender que algunas historias no terminan porque faltó amor.

A veces terminan porque faltó tiempo.
Madurez.
Herramientas.
O porque la vida estaba pidiendo algo diferente.

Cuando podemos mirar una historia completa, deja de tener el poder de congelarnos.

Ya no estamos atrapadas en el momento de la herida.

Estamos caminando hacia el cierre.

La comprensión no borra el dolor.

Pero transforma nuestra relación con él.

Y en esa transformación comienza la libertad.

Porque la rabia protege.

La tristeza procesa.

Pero la comprensión libera.

La rabia mantiene viva la herida.

La comprensión la transforma.

Ese cambio permite el duelo.

Y el duelo permite la liberación.

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